Conferencias Sobre Calvinismo

Abraham Kuyper

Conferencias sobre el calvinismo

EL calvinismo como cosmovisión

(parte uno)

de las conferencias en Princeton 1898

 

 

Las famosas conferencias sobre el calvinismo impartidas por el teólogo y político holandés Abraham Kuyper en el Seminario Teológico de Princeton defienden el calvinismo como un sistema de vida, presentándolo como la forma más «bíblica» de cristianismo. Revela el calvinismo en su relación y transformación de la religión, la política, la ciencia, el arte y todos los aspectos de la sociedad.

Como destacado líder, Kuyper no solo contribuyó al desarrollo teológico, sino que también dejó una marca indeleble en la educación al fundar la Universidad Libre de Ámsterdam y muchas otras áreas. Su famosa frase, «No hay un centímetro cuadrado en todo nuestro ser, sobre el cual Cristo no clame ‘¡mío!'», resuena en estas seis conferencias esenciales para aquellos familiarizados con esta rica tradición.

 

Primera exposición:

El calvinismo como cosmovisión

Un viajero del viejo continente europeo, al desembarcar en las orillas de este Nuevo Mundo, se siente como dice el salmista, que «Sus pensamientos se amontonan sobre él como una multitud.» En comparación con los remolinos de las aguas de vuestro nuevo río de vida, el río viejo en el cual se estaba moviendo parece casi congelado y opaco; y aquí, en suelo americano, se da cuenta por primera vez de tantas potencias divinas, que estaban escondidas en el seno de la humanidad desde nuestra misma creación, pero que nuestro viejo mundo estaba incapaz de desarrollar, y que ahora empiezan a revelar su esplendor interior, prometiendo un tesoro todavía más rico de sorpresas para el futuro.

 

Sin embargo, ustedes no me pedirán olvidar la superioridad que el Viejo Mundo todavía puede reclamar, en muchos aspectos, ante vuestros ojos, como también ante los míos. La vieja Europa lleva aun ahora un pasado histórico más largo, y por tanto está delante de nosotros como un árbol arraigado más profundamente, escondiendo entre sus hojas algunos frutos más maduros de la vida. Ustedes están todavía en su primavera; nosotros pasamos nuestro otoño; ¿y no tiene la cosecha del otoño un encanto particular?

 

Pero, aunque, por otro lado, yo admito completamente la ventaja que tienen ustedes por el hecho de que el tren de la vida viaja con ustedes tanto más rápidamente que con nosotros, dejándonos millas y millas atrás, – siempre sentimos ambos que la vida en la vieja Europa no es algo separado de la vida de aquí; es la misma corriente de la existencia humana que fluye por ambos continentes.

Por nuestro origen común, ustedes podrían llamarnos hueso de vuestros huesos, – nosotros sentimos que ustedes son carne de nuestra carne, y aunque ustedes nos sobrepasan de la manera más desalentadora, ustedes nunca olvidarán que la cuna histórica de vuestra juventud maravillosa se encontraba en nuestra vieja Europa, y que fue mecida muy tiernamente en mi entonces poderosa patria.

 

Además, aparte de esta herencia común, hay otro factor que, frente a una diferencia aún más grande, continuaría uniendo vuestros intereses y los nuestros. Mucho más precioso para nosotros que el desarrollo de la vida humana, es la corona que la ennoblece, y esta noble corona de la vida para ustedes y para nosotros se encuentra en el nombre de Cristiano. Esta corona es nuestra herencia común. No fue de Grecia o Roma de donde originó la regeneración de la vida humana, – esta metamorfosis poderosa data de Belén y del Calvario; y si la Reforma, en un sentido más específico, reclama el amor de nuestros corazones, es porque ella despejó las nubes del sacerdotalismo, y reveló nuevamente a plena vista las glorias de la cruz. Pero, en oposición mortal contra este elemento cristiano, contra el mismo nombre de Cristiano, y contra su influencia saludable en cada esfera de la vida, la tormenta del modernismo se ha levantado ahora con una intensidad violenta.

 

En 1789 llegó el momento crítico.

El grito loco de Voltario, «¡Aplasten al infame!», apuntaba a Cristo mismo, pero este grito era solamente la expresión del pensamiento más escondido del cual se originó la Revolución Francesa. El grito fanático de otro filósofo, «Ya no necesitamos a ningún dios», y el shibbolet odioso: «Ningún dios, ningún maestro» de la Convención; – estas eran las consignas sacrílegas que en aquel tiempo heraldeaban la liberación del hombre como una emancipación de toda autoridad divina. Y si en Su sabiduría impenetrable, Dios empleó la revolución como un medio para volcar la tiranía de los burbones, y para traer un juicio sobre los príncipes que abusaron de Sus naciones como el estrado de los pies de ellos, sin embargo, el principio de aquella revolución permanece enteramente anticristiano, y se ha extendido desde entonces como un cáncer, disolviendo y minando todo lo que estaba firme y consistente ante nuestra fe cristiana.

 

Modernismo v/s cristianismo

No hay duda entonces de que la cristiandad está en peligros grandes y serios. Dos cosmovisiones están luchando uno con el otro, en combate mortal. El modernismo tiene que edificar un mundo propio desde los datos del hombre, y tiene que construir al mismo hombre desde los datos de la naturaleza; mientras, por el otro lado, todos aquellos que reverentemente doblan las rodillas ante Cristo y le adoran como el Hijo del Dios viviente, y ante Dios mismo, se afanan por salvar la «herencia cristiana». Esta es la lucha en Europa, esta es la lucha en América, y esta es también la lucha por los principios en los cuales mi propio país está involucrado, y por los cuales yo mismo he estado gastando toda mi energía por casi cuarenta años.

En esta lucha, la apologética no nos ha hecho avanzar ni un solo paso. Los apologistas empezaron invariablemente con abandonar el parapeto asaltado, para atrincherarse cobardemente detrás de él. Desde el principio, por tanto, me dije a mí mismo: Si la batalla debe ser peleada con honor y con una esperanza de victoria, entonces un principio tiene que ser levantado contra un principio; entonces debemos sentir que en el modernismo nos asalta la gran energía de una cosmovisión que abarca todo; entonces tenemos que entender también que tenemos que fundamentarnos en una cosmovisión de igual poder y alcance amplio. Y esta poderosa cosmovisión no la necesitamos inventar ni formular nosotros mismos, sino tenemos que tomar y aplicarla tal como se presenta a sí misma en la historia. Tomado así, yo encontré y confesé, y sigo manteniendo, que esta manifestación del principio cristiano nos es dada en el calvinismo. En el calvinismo, mi corazón encontró descanso. Del calvinismo saqué la inspiración para asumir mi posición, firme y resueltamente, en medio de este gran conflicto de principios. Y por tanto, cuando fui invitado muy honorablemente por vuestra facultad para dar las «exposiciones Stone» de este año, no pude vacilar ni un momento en cuanto a mi elección del tema «Calvinismo», como la única defensa decisiva, legal y consistente para las naciones protestantes en contra del modernismo penetrante y abrumador.

Permítanme, por tanto, en seis exposiciones, hablarles acerca del calvinismo.

 

1. Sobre el calvinismo como una cosmovisión;

2. sobre el calvinismo y la religión;

3. sobre el calvinismo y la política;

4. sobre el calvinismo y la ciencia;

5. sobre el calvinismo y las artes;

6. sobre el calvinismo y el futuro.

 

¿Qué entendemos con «calvinismo»?

La claridad en la presentación demanda que, en esta primera exposición, yo empiece con fijar la concepción del calvinismo históricamente. Para prevenir malentendidos, tenemos que saber primeramente qué no debemos, y qué sí debemos entender con ello. Empezando entonces con el uso corriente del término, encuentro que de ninguna manera es el mismo en diferentes países y en diferentes esferas de la vida. El nombre de calvinista se usa en nuestros tiempos como un nombre sectario. Este no es el caso en países protestantes, pero sí en países católico romanos, especialmente en Hungría y en Francia. En Hungría, las iglesias reformadas tienen una membresía de unos dos millones y medio, y en la prensa tanto católica como judía de aquel país, sus miembros son constantemente estigmatizados por el nombre no oficial de «calvinistas», el cual se aplica incluso a aquellos que se han despojado de toda simpatía hacia la fe de sus padres.

El mismo fenómeno se presenta en Francia, especialmente en el sur, donde «calvinista» es más enfáticamente todavía un estigma sectario, el cual no se refiere a la fe o a la confesión de la persona estigmatizada, sino que se pone simplemente sobre todo miembro de las iglesias reformadas, aunque sea un ateo. Jorge Thiebaud, conocido por su propaganda antisemita, hizo revivir al mismo tiempo el espíritu anti-calvinista en Francia, y aun en el caso Dreyfus, «judíos y calvinistas» fueron acusados por él como las dos fuerzas antinacionales.

Directamente opuesto a esto es el segundo uso de la palabra calvinismo, y a este le llamo el uso confesional. En este sentido, un calvinista es representado exclusivamente como el que suscribe a voz alta la doctrina de la predestinación. Aquellos que desaprueban esta fuerte adhesión a la doctrina de la predestinación, cooperan con los polémicos romanistas, en que al llamarte «calvinista», te representan como una víctima de estrechez dogmática; y lo que es aún peor, como un peligro para la seriedad de la vida moral. Este es un estigma tan ofensivo que teólogos como Hodge, que de plena convicción eran defensores de la predestinación, y consideraron una honra el ser calvinistas, preferían hablar de agustinismo en vez de calvinismo.

El título denominacional de algunos bautistas y metodistas indica un tercer uso del nombre de calvinista. Nadie menos que Spurgeon pertenecía a una clase de bautistas en Inglaterra que se llaman «Bautistas calvinistas», y los metodistas de Whitefield en Gales llevan hasta hoy el nombre de «Metodistas calvinistas». Entonces aquí también la palabra indica una diferencia confesional, pero se aplica como un nombre para unas denominaciones especiales de la iglesia.

Sin duda, Calvino mismo hubiera criticado muy severamente esta práctica. Durante su vida, ninguna iglesia reformada jamás soñó con nombrar la iglesia de Cristo según algún hombre. Los luteranos hicieron esto, pero las iglesias reformadas nunca. Pero más allá de este uso sectario, confesional, y denominacional, del nombre de «calvinista», sirve, además, en cuarto lugar, como un nombre científico, sea en un sentido histórico, filosófico, o político. Históricamente, el nombre de calvinismo indica el canal en el cual se movía la reforma, en cuanto no era ni luterana, ni anabaptista, ni sociniana.

 

En el sentido filosófico, entendemos con calvinismo aquel sistema de conceptos que se levantó a dominar las diferentes esferas de la vida, bajo la influencia de la mente maestra de Calvino. Y como nombre político, el calvinismo indica aquel movimiento político que garantizó la libertad de las naciones en política constitucional; primero en Holanda, después en Inglaterra, y desde el fin del último siglo en Estados Unidos. En este sentido científico, el nombre de calvinismo es especialmente corriente entre los eruditos alemanes. Y esta no es solamente la opinión de aquellos que tienen simpatías calvinistas, sino también los eruditos que han abandonado todo estándar confesional del cristianismo, sin embargo, atribuyen este significado profundo al calvinismo. Esto aparece en el testimonio de tres de nuestros mejores científicos. El primero de ellos, el Dr. Robert Fruin, declara que: «El calvinismo llegó a los Países Bajos consistiendo

en un sistema lógico acerca de la divinidad, un orden eclesiástico democrático particular, empujado por un sentido severamente moral, y tan entusiasta por la moral como por la reforma religiosa de la humanidad.» – Otro historiador, que manifestaba aún más abiertamente sus simpatías racionalistas, escribe: «El calvinismo es la forma más elevada de desarrollo que alcanzó el principio religioso y político en el siglo XVI.» Y una tercera autoridad admite que el calvinismo ha liberado a Suiza, los Países Bajos, e Inglaterra; y que en los Padres Peregrinos proveyó el impulso para la prosperidad de los Estados Unidos. De manera parecida, Bancroft, entre ustedes, admitió que el calvinismo «tiene una teoría de ontología, de ética, de felicidad social, y de libertad humana, todo derivado de Dios.»

Solo en este último sentido, estrictamente científico, deseo hablarles sobre el calvinismo como una tendencia general independiente, que desde un principio madre particular desarrolló una forma independiente tanto para nuestra vida como para nuestro pensamiento entre las naciones de Europa Occidental y Norteamérica.

El dominio del calvinismo es de hecho mucho más amplio de lo que nos haría suponer la interpretación confesional estrecha. La aversión contra llamar la iglesia según un hombre, dio lugar a que en Francia los protestantes fueron llamados «hugonotes», en los Países Bajos «mendigos», en Gran Bretaña «puritanos» y «presbiterianos», y en Norteamérica «padres peregrinos»; pero todos estos productos de la Reforma en vuestro continente y el nuestro, eran de origen calvinista.

Pero la extensión del dominio calvinista no debe limitarse a estas manifestaciones más puras. Nadie aplica una regla tan exclusiva al cristianismo. Dentro de sus fronteras no incluimos solamente a Europa Occidental, sino también a Rusia, los países de los Balcanes, Armenia, e incluso el imperio de Menelic en Abisinia. Por tanto, es justo que incluyamos en el ámbito calvinista también a aquellas iglesias que han divergido más o menos de sus formas más puras.

En sus 39 artículos, la Iglesia de Inglaterra es estrictamente calvinista, aunque en su jerarquía y liturgia ha abandonado los caminos rectos, y se encontró con los resultados serios de este desvío en el puseyismo y el ritualismo. La confesión de los Independientes era igualmente calvinista, aunque en su concepción de la Iglesia la estructura orgánica fue quebrantada por el individualismo. Y si bajo el liderazgo de Wesley la mayoría de los metodistas se opusieron a la interpretación teológica del calvinismo, sin embargo, es el mismo espíritu calvinista que creó esta reacción espiritual contra la vida eclesiástica petrificante de aquellos tiempos. En cierto sentido, por tanto, podemos decir que el campo entero que fue cubierto por la Reforma, en cuanto no era luterana ni sociniana, fue dominado en principio por Calvino. Incluso los bautistas pidieron abrigo bajo las tiendas de los calvinistas. Es el carácter libre del calvinismo que permitió estos diferentes matices, y las reacciones contra sus excesos. Por su jerarquía, el romanismo es y permanece uniforme. El luteranismo debe su unidad y uniformidad similar al ascenso del príncipe, cuya relación con la iglesia es la de «summus episcopus» y su «ecclesia docens». El calvinismo, por otro lado, que no establece ninguna jerarquía eclesiástica, y ninguna interferencia magisterial, pudo desarrollarse en muchas y variadas formas, por supuesto corriendo el peligro de la degeneración, y provocando todo tipo de reacciones parciales. Con el libre desarrollo de la vida, como fue la intención del calvinismo, tuvo que aparecer la distinción entre un centro, con su plenitud y pureza de vitalidad y fuerza, y una ancha circunferencia con sus declinaciones amenazantes. Pero en este mismo conflicto entre un centro más puro y una circunferencia menos pura, el calvinismo garantizó la obra constante de su espíritu.

Habiendo entendido esto, el calvinismo está arraigado en una forma de religión particular; y desde esta conciencia religiosa específica se desarrolló primeramente una teología específica, después un orden especial de la iglesia, y después una forma dada para la vida política y social, para la interpretación del orden moral del mundo, para la relación entre naturaleza y gracia, entre el cristianismo y el mundo, entre la iglesia y el estado, y finalmente para las artes y la ciencia; y en medio de todas estas manifestaciones de vida permaneció siempre el mismo calvinismo, en cuanto todos estos desarrollos surgieron simultáneamente y espontáneamente desde su principio más profundo de vida. En esta medida, el calvinismo está en una línea con estos otros grandes complejos de vida humana, conocidos como paganismo, islamismo y romanismo, por lo cual distinguimos cuatro mundos completamente diferentes en el único mundo de la vida humana. Y si, hablando precisamente, debiésemos coordinar el cristianismo y no el calvinismo con el paganismo y el islamismo, sin embargo, es mejor poner el calvinismo en una línea con ellos, porque el calvinismo pretende incorporar la idea cristiana de manera más pura y correcta que el romanismo o el luteranismo. En el mundo griego de Rusia y los estados de los Balcanes, el elemento nacional sigue dominando, y por tanto la fe cristiana en aquellos países todavía no fue capaz de producir una forma propia de vida desde las raíces de su ortodoxia mística. En los países luteranos, la interferencia del magistrado impidió la obra libre del principio espiritual. Por tanto, solamente del romanismo se puede decir que incorporó sus pensamientos sobre la vida en un mundo de conceptos y expresiones propias.

 

Pero al lado del romanismo, y en oposición contra él, el calvinismo apareció, no solamente para crear una forma diferente de iglesia, sino una forma completamente diferente para la vida humana, para proveer la sociedad humana con un método de existencia diferente, y para poblar el mundo del corazón humano con ideales y conceptos diferentes. No debe sorprendernos que esto no fue percibido hasta nuestros días, pero ahora es admitido tanto por amigos como por enemigos, en consecuencia, de mejores estudios de historia. Se hubiera percibido antes, si el calvinismo hubiera entrado en la vida como un sistema bien construido, y se hubiera presentado como un resultado de estudios. Pero se originó de una manera muy diferente. En el orden de la existencia, la vida es lo primero. Y para el calvinismo, la vida misma era siempre el primer objeto de sus esfuerzos. Hubo demasiado por hacer y por sufrir, para dedicar mucho tiempo al estudio. Lo que dominó era la práctica calvinista en el campo de batalla. Además, las naciones entre las cuales el calvinismo ganó la batalla – como los suizos, los holandeses, los ingleses y los escoceses – no tenían una disposición muy filosófica. Especialmente en aquel tiempo, la vida era espontánea y no calculada; y solo más tarde se convirtió el calvinismo en el objeto de estos estudios especiales donde los historiadores y teólogos trazaron la relación entre los fenómenos calvinistas y la unidad de su principio que abarca todo. Se puede decir incluso que la necesidad de un estudio teorético y sistemático de un fenómeno tan extenso de la vida, surge solamente cuando su primera vitalidad se agotó y cuando se ve obligado a trazar sus límites de manera más exacta para poder mantenerse en el futuro. Y si a esto añadimos el hecho de que el énfasis en reflejar nuestra existencia como unidad en el espejo de nuestra conciencia, es mucho más fuerte en nuestra época filosófica que nunca antes, entonces vemos que tanto las necesidades del presente como la preocupación por el futuro nos obligan a un estudio más profundo del calvinismo.

En la iglesia católica romana, todos saben para qué viven, porque disfrutan conscientemente de la unidad de la cosmovisión romana. También en el islam encontramos el mismo poder de una convicción de la vida, dominada por un solo principio. Solo el protestantismo camina por el desierto sin meta ni dirección, moviéndose por acá y allá sin progresar nada. Esto explica por qué en las naciones protestantes, el panteísmo nacido de la nueva filosofía alemana y en la forma de evolución según Darwin, reclama más y más la supremacía en cada esfera de la vida humana, incluso en la teología, e intenta bajo toda clase de nombres volcar nuestras tradiciones cristianas, y se afana incluso por cambiar la herencia de nuestros padres por un budismo moderno sin esperanza. Las ideas dominantes que surgieron durante la Revolución Francesa al fin del siglo pasado, y en la filosofía alemana durante el siglo presente, forman juntas una cosmovisión que es directamente opuesta al sistema de nuestros padres. Sus luchas eran por la gloria de Dios y un cristianismo purificado; el movimiento presente libra su guerra por la gloria del hombre, inspirado no por el espíritu humilde del Calvario, sino por el orgullo de la adoración de héroes.  ¿Y por qué estamos nosotros, los cristianos, tan débiles frente a este modernismo? ¿Por qué hemos constantemente perdido terreno? Simplemente porque nos falta una igual unidad en el concepto de la vida, la cual solamente podría capacitarnos con una energía irresistible para repeler al enemigo en la frontera. Esta unidad en el concepto de la vida, sin embargo, no la encontraremos en un concepto difuso de protestantismo que se tuerce, como lo hace, en todo tipo de tortuosidades; sino la encontraremos en este proceso histórico poderoso que en la forma del calvinismo cavó un canal propio para el río poderoso de su vida. Solo por medio de esta unidad de concepción, como existe en el calvinismo, ustedes en América y nosotros en Europa podríamos ser capacitados una vez más para asumir nuestra posición, aparte del romanismo, en la oposición contra el panteísmo moderno. Sin esta unidad en cuanto al punto de partida y la cosmovisión, perderemos nuestro poder de mantener nuestra posición independiente, y nuestra fuerza para resistir disminuirá.

 

 

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