Calvin Seerveld  – Arcoíris para un mundo caído

Vida estética y tarea estetica

Por Jessica Rosales-Guajardo

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1

En un tiempo donde el ruido, la prisa y la utilidad parecen ser los criterios supremos de valor, la voz de Calvin Seerveld resuena como una melodía distinta.
Su libro Rainbows for the Fallen World: Aesthetic Life and Artistic Task (Arcoíris para un mundo caído: Vida estética y tarea artística) no es un manual de arte ni un tratado teológico en sentido académico. Es, más bien, una invitación a volver a mirar el mundo —este mundo caído pero hermoso— con los ojos del Creador.

En las siguientes líneas propongo rescatar algunos de los aportes más significativos de Arcoíris para un mundo caído. Este autor, destacado ofrece una reflexión estética profundamente enraizada en la teología bíblica y en la comprensión del arte como vocación cultural. Su pensamiento invita a reconsiderar la función del arte, no como una actividad marginal o elitista, sino como una dimensión esencial de la vida cristiana y del testimonio humano ante el mundo creado por Dios.

El deleite creador de Dios

Dios no tenía que hacer arcoíris, ni Cristo tenía que hablar en parábolas, nos dice Seerveld. Pudo haberlo dicho todo con la claridad de una orden escrita en piedra: “Mantendré mi pacto con la tierra.” Pero eligió la vía del color y del relato, del símbolo y la melodía. Le agradó a Cristo contar la historia del buen samaritano, y le agradó a Dios llenar el cielo de arcoíris. Así también, el Espíritu Santo se complace en otorgar a ciertas personas el don de imaginar, dibujar y crear melodías, no como lujos innecesarios, sino como expresiones de una vocación divina.

Para Seerveld, estas formas de belleza no son adornos del Evangelio, sino prolongaciones del pacto: signos visibles del deleite de Dios en su creación. En el arte, como en el arcoíris, se hace presente el mismo Espíritu que ordenó el caos y dio forma al mundo. El arte auténtico —dice Seerveld— es una respuesta obediente a la invitación de Dios de participar en su creatividad redentora. Cada historia contada, cada trazo y cada nota son recordatorios de que la verdad puede cantarse, y de que la belleza es uno de los lenguajes más fieles del amor divino (p. 8).

La “normatividad del gozo”: una oportunidad de bendición

La “normatividad del gozo” es una oportunidad de bendición (p. 73).
Seerveld nos invita a contemplar cómo el Salmo 89 muestra que la creación entera se convierte en coro y testigo del gozo redimido:

Los cielos, Señor, celebran tus maravillas,
y la asamblea de los santos proclama tu fidelidad.
¿Quién en los cielos es comparable al Señor?
¿Quién como Él entre los seres celestiales?

Para Seerveld, este canto no es solo poesía litúrgica, sino una declaración estética y teológica: la alegría es parte de la estructura misma de la creación.
En un mundo herido por el pecado, Dios ha hecho de la “normatividad del gozo” —como él la llama— una oportunidad de bendición.
Así, tanto el arte como la adoración se vuelven respuesta: una manera de recordar que la fidelidad de Dios sigue siendo celebrada por los cielos y por nosotros, ¡los humanos!

Desde esta perspectiva, el llamado a la obediencia estética no nace del deber, sino de la gratitud.
Quien escucha el mundo con fe descubre que el gozo, la belleza y la alabanza siguen entretejidos en la trama de la vida redimida.

Aesthetic obedience: la belleza como fidelidad

Seerveld redefine el arte como vocación universal. Cada persona, al responder al mundo con sensibilidad y creatividad, participa de la obra continua de Dios. Cocinar con esmero, diseñar una plaza, cuidar un jardín o narrar una historia son gestos de obediencia estética cuando se hacen con amor e imaginación.

El pecado no destruyó la capacidad humana de crear belleza; solo la distorsionó.
Por eso, Seerveld nos llama a redimir el mundo a través de formas de vida que armonicen con la melodía original del Creador.

La imaginación: fe que ve posibilidades

“Así como creo que hombres y mujeres son llamados por el Señor a pensar, a volverse reflexivos y sabios —aunque no necesariamente a ser académicos, teóricos o científicos—, también creo que hombres y mujeres son llamados a ser imaginativos, lúdicos, creativos e innovadores, aunque no necesariamente artistas.” (p. 72)

La imaginación, para Seerveld, no es evasión, sino esperanza encarnada. Imaginar es creer que el mundo puede ser restaurado. Es anticipar lo que Dios hará nuevo, ver lo invisible, responder al caos con creatividad.

Desde esa mirada, la estética no pertenece solo a artistas, sino a todos los que desean vivir artísticamente, es decir, con sensibilidad, detalle y gratitud.
El arte no tiene que repetir símbolos religiosos: basta con abrir los ojos al milagro del mundo cotidiano.

Alusividad: el arte que insinúa lo eterno

La alusividad —una de las ideas más originales de Seerveld— es la capacidad del arte para sugerir sin imponer. En un mundo saturado de mensajes y literalismos, la alusividad preserva el misterio.

Una obra verdaderamente cristiana no domina ni simplifica la realidad: la invita a hablar.
La creación misma es alusiva: cada cosa apunta más allá de sí, hacia su origen divino.
Así, el arte se convierte en una forma humilde de teología: deja espacio para lo eterno en medio de lo cotidiano.

Teleología estética: hacia la sanación del mundo

Para Seerveld, la belleza no adorna la vida: la sana.
El arte, la educación y la cultura tienen una vocación diaconal: formar comunidades sensibles, reconciliadas con la tierra y entre sí.

Esta perspectiva desafía tanto a la iglesia como a la sociedad:
a la iglesia, porque recuerda que la salvación no es huida del mundo, sino su restauración;
a la sociedad, porque devuelve a la belleza su papel profético: recordar que aún hay promesa, aún hay color, aún hay arcoíris.

Una lectura para nuestro tiempo

Leer Arcoíris para un mundo caído desde América Latina es descubrir un mensaje profundamente relevante.
En ciudades marcadas por la desigualdad y la prisa, la estética cristiana puede ser una forma de hospitalidad: abrir espacios donde la vida recobre sentido, ritmo y armonía.

La propuesta de Seerveld nos invita a redescubrir una fe encarnada, que celebra lo cotidiano y cree que lo bello también puede ser justo.
Arte, educación y comunidad convergen en una misma vocación: reflejar la gloria de Dios con imaginación y ternura.

Escucha nuestro podcast sobre Calvin Seerveld

En el nuevo episodio del podcast Tienes que conocer a…, converso con Claudio Quinteros, profesor de estética, sobre el legado de Calvin Seerveld y su obra Arcoíris para un mundo caído.
Una conversación sobre cómo la estética puede formar discípulos sensibles, imaginativos y fieles.

“La obediencia estética es requerida por el Señor de todos —sean artistas o no—; es una tesis que apenas comienzo a explorar con comprensión. Creo que es un llamado lleno de desafío, consuelo, rica libertad y un shalom fundamental.”
Calvin Seerveld

Escúchalo en nuestra página o en Spotify, y redescubre cómo la belleza puede ser obediencia, promesa y esperanza.

2 comentarios en “Calvin Seerveld  – Arcoíris para un mundo caído”

  1. Hola,

    Gracias por compartir. Soy pastor y relacionado con el mundo de la música y el arte. Que vivificador es leer todo esto.

    Disculpa. Puedo preguntar si el libro de Arcoíris para un mundo caído esta disponible en español?

    O bien, en inglés en alguna librería?

    1. Hola Camilo,
      Lamentablemente solo esta en ingles, y ademas, es muy dificil de conseguir. Por ahi en Amazon puedes encontrar un vendedor que lo tenga usado. Que alegria saber que te interesa el arte en tu ministerio.
      Saludos,
      Neocalvinismo

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