Jessica Rosales
Meditación traducida y adaptada de ArtWay

Cerro Alegre, Valparaíso 2022.
Ph: Lou de @streetartaustralia
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Al leer el relato doméstico que nos presenta el Evangelio de Lucas, muchas mujeres de América Latina podrían sentirse más identificadas con Marta que con María. Ofrecer hospitalidad —en cumpleaños, reuniones o al recibir visitas— implica una serie de detalles que a menudo pasan desapercibidos: planificar la comida, calcular el presupuesto, salir a comprar, cocinar y limpiar. Son muchas las tareas que acompañan cualquier encuentro cuyo simple objetivo es que los invitados se sientan bienvenidos. Todo ello requiere tiempo, energía y esfuerzo que, con frecuencia en Latinoamérica, recaen principalmente sobre las mujeres.
El cansancio que produce esta constante carga doméstica puede llevarnos a empatizar profundamente con el reclamo que Marta le hace a Jesús:
“Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sirviendo sola? ¡Dile que me ayude!” (Lucas 10:40).
Sin embargo, muchas mujeres —especialmente en contextos de iglesia— sienten una presión implícita de servir sin reclamar, ya sea frente a sus esposos, familiares o incluso otras mujeres. Así, ese clamor termina muchas veces siendo reprimido. Se continúa sirviendo mientras, en silencio, comienza a crecer una leve sensación de resentimiento. Con el tiempo, esta carga se transmite de generación en generación sin necesidad de palabras: la mujer virtuosa no se queja.
Sociólogos e historiadores han estudiado durante años el fuerte marco moral que caracteriza a muchas sociedades latinoamericanas. Parte de esta estructura proviene de una antigua distinción teológica heredada del período colonial: la dicotomía entre naturaleza y gracia, profundamente influenciada por el pensamiento católico medieval. Esta perspectiva separa el mundo “natural” —la vida cotidiana, la cultura y las estructuras sociales— del mundo “sobrenatural” de la gracia divina, es decir, lo espiritual. De este modo, se establece una marcada división entre lo secular y lo sagrado, donde lo espiritual suele considerarse de mayor valor que lo terrenal.
En Chile, esta dicotomía ha reforzado una visión fragmentada de la vida. Entre muchos cristianos, la tensión entre lo secular y lo sagrado ha profundizado la distancia entre la iglesia y la sociedad. En lugar de relacionarse con el mundo desde una teología del amor redentor, con frecuencia se interactúa desde un marco de obligación moral, donde quienes están fuera de la comunidad de fe son vistos simplemente como “los otros”.
El artista urbano chileno Juan Pablo Gatica —conocido como JP— captura con fuerza esta tensión en un mural del cerro Alegre en Valparaíso. Su obra refleja algo que también apareció con claridad en mi investigación doctoral sobre el evangelicalismo urbano en Chile: una profunda moralidad que atraviesa muchos encuentros que, en apariencia, están llenos de hospitalidad, belleza y espiritualidad, pero que en el fondo siguen marcados por la presión de actuar correctamente porque hay que obedecer.
Así esta presión no solo traspasa el sentido ministerial, sino también lo cotidiano. Lo que externamente se presenta como encuentros, celebraciones familiares, o incluso reuniones de iglesia también pueden estar marcados por una presión cultural que impulsa a servir, y seguir sirviendo incluso cuando el corazón y las manos de esas mujeres ya no dan más.
Tal como sugiere el grafiti de JP, detrás de muchos actos de amor y hospitalidad se esconde una tensión entre belleza y carga. Existe una dimensión moral profunda donde el deber ocupa un lugar central. La bondad y la amabilidad no siempre surgen únicamente de la generosidad; muchas veces responden a una poderosa expectativa cultural de que así debe ser, aun cuando el agotamiento se oculte detrás de una sonrisa.
Como chileno, es muy probable que JP conozca bien la presión social que recae sobre las mujeres para seguir sirviendo sin quejarse, aun cuando estén exhaustas, enfermas o simplemente no tengan ganas de hacerlo. Su arte no solo revela esta tensión; también nos invita a reconocerla y reflexionar sobre ella.

Cerro Alegre, Valparaíso 2022.
Ph: Lou de @streetartaustralia
En su obra Jardín de Ofrendas, JP construye una representación profundamente sudamericana llena de contrastes: luz y sombra, manzanas y cadenas, rosas y espinas. A través de estas escenas cotidianas —como compartir comida— reconstruye la herencia mestiza, europea e indígena que se conoce íntimamente en nuestras comunidades, integrándola en el imaginario visual de la sociedad chilena mientras explora las dimensiones espirituales de la vida humana.
En Chile, a medida que más mujeres ingresan al mundo laboral, muchas enfrentan una doble o triple carga: las responsabilidades profesionales, familiares y domésticas, se suman a la responsabilidad de las mujeres que tienen algún liderazgo en la iglesia. Esta realidad también influye grandemente en la manera en que se vive la fe y la misión cristiana, a la vista (o ceguera) del jefe de hogar, jefe, o pastor.
Paula, una actriz cristiana a quien entrevisté en mi investigación, explicó cuán desafiante es ser mujer en el mundo artístico.
“En Chile, las mujeres deben sobresalir profesionalmente para que se les tome en serio”, dijo en la entrevista. “La preparación técnica es fundamental, pero como mujer muchas veces tienes que esforzarte incluso más.”
Carmen, cantante de jazz y misionera, compartió también cómo llevaba en silencio el peso de su trabajo, su ministerio y su familia.
“No le conté a nadie lo cansada que estaba, ni siquiera a mi esposo”, recordó. “Fueron tiempos difíciles… muy tristes.”
En muchos hogares, incluso el hombre más considerado “ayuda en la casa”, pero esa ayuda rara vez implica compartir verdaderamente el peso doméstico. Así, mientras la incorporación de las mujeres al mundo laboral ha llevado a que los gastos familiares se compartan, las responsabilidades del cuidado del hogar y de la vida cotidiana no siempre se reparten de la misma manera.
Frente a todas estas demandas sociales, la respuesta amorosa de Jesús resulta sorprendentemente liberadora, tan clara como desafiante. Cuando Marta, la dueña de casa (la Escritura sugiere que ella es la propietaria, no su hermano Lázaro) se queja con Jesús, Él la llama por su nombre con ternura: “Marta, Marta”. Es un lenguaje que evoca un amor profundo, con la misma intensidad con la que David llora por su hijo muerto: “¡Absalón, Absalón!”, o con la que el propio Jesús clama en la cruz: “Dios mío, Dios mío”. La intensidad con la que Jesús responde al reclamo de Marta no puede pasarse por alto.
Si consideramos que en esos tiempos el rol de la mujer era muy limitado, esta escena resulta aún más significativa. Jesús, el maestro, frente a la queja de una mujer —a quien fácilmente podría haber hecho callar o simplemente ignorar— responde de una manera que rompe cualquier caricatura de un Dios misógino o abusador. Con profundo amor le dice: “Marta, Marta”. No hay reproche áspero, sino una invitación suave a detenerse, a escuchar y a descansar.
“Marta, te afanas y te preocupas por muchas cosas,
pero solo una es necesaria. “
El solo hecho de que esta escena doméstica haya quedado registrada en las Escrituras es profundamente significativo. Nos recuerda que a Dios sí le importa nuestro cansancio y que Él ofrece el alivio que nuestro ser necesita. De hecho, esta y muchas otras escenas de la vida cotidiana que aparecen en la Biblia nos muestran algo que a veces parece olvidarse en los círculos cristianos. Claro está que la iglesia debe procurarse por una teología sólidamente fundamentada, una articulación doctrinal sustentada en una hermenéutica y exégesis rigurosas, y una eclesiología coherente. Pero la cocina, la mesa y los quehaceres cotidianos también forman parte del relato bíblico. Son, también, teología.
Jesús no suprime nuestra queja ni reprime nuestro dolor. Nos ve, nos escucha y como a Marta, nos invita a dejar esa extra carga que llevamos.
Incluso en medio de las presiones cotidianas de la vida latinoamericana —tan bien retratadas en el arte urbano de JP— Jesús extiende la misma invitación a reflexionar sobre las cadenas que arrastramos.
Cuando Jesús pronuncia y repite nuestro nombre con esa misma ternura, rompe las ataduras invisibles que muchas veces imponen la cultura, las normas sociales e incluso la familia, la iglesia o nosotras mismas.
En esta fecha en que se celebra el Día de la Mujer, vale la pena recordar que Jesús, hace más de dos mil años, no solo salió al encuentro de Marta, sino también de muchas otras mujeres, otorgándoles un lugar de dignidad cuando la sociedad no se los concedía. Duele ver que la iglesia no siempre haya reconocido esto; y duele aún más que, incluso hoy, muchos “eruditos” sigan sin verlo, como si hubiera tenido que ocurrir una revolución de mujeres para que se nos reconocieran ciertos derechos básicos. Sin embargo, hace dos mil años, en medio de un contexto histórico profundamente restrictivo para las mujeres, la Biblia nos muestra a mujeres como dueñas de propiedades, mujeres de negocios, juezas, reinas, e incluso como las primeras testigos de la resurrección del mismo Cristo.
En la vida diaria de muchas mujeres, el sinnúmero de responsabilidades, quehaceres y metas en la casa, el trabajo y la iglesia puede resultar asfixiante. Por eso, la invitación de Jesús a replantearnos qué es lo realmente necesario para nosotras nos lleva a preguntarnos qué cadenas o presiones estamos cargando, e incluso qué abusos estamos tolerando mientras, casi sin pensarlo, seguimos aceptando nuevas tareas que aumentan la lista de quehaceres y nos mantienen afanadas y preocupadas. Esta invitación no solo nos llama a reflexionar, sino también a entrar en su descanso y a ocupar el lugar de dignidad que Él nos ofrece. Descansar no es un desafío fácil para todas quienes nos identificamos con Marta. “Si yo no lo hago, ¿quién lo hará?”, nos preguntamos tantas veces. Pero Jesús hoy nos desafía, con una ternura infinita, a confiar en Él y a reconsiderar si tanto afán es realmente lo que quiere para nuestro día a día, para nuestra vida.
Así como María, también podemos “escoger la buena parte”, sentarnos a su mesa y escuchar su voz. Allí descubrimos que, en su presencia, siempre hay espacio para reclamar, llorar, descansar, sanar y, si caemos, volver a comenzar. Porque la invitación amorosa de Jesús no es a vivir encadenadas al afán, sino a soltar esas cargas y descubrir la libertad del descanso verdadero. El desafío queda planteado:
¿Nos atreveremos a soltar el afán?
Lectura bíblica: Lucas 10:38–42
Juan Pablo Gatica (JP), Jardín de ofrendas, mural de grafiti, Valparaíso, Chile, 2022.
JP es un artista urbano chileno cuya obra explora las dimensiones espirituales de la vida humana desde una perspectiva mestiza latinoamericana, tendiendo puentes entre la herencia ancestral y las realidades urbanas contemporáneas. Sordo desde la infancia, crea imágenes contemplativas e íntimas que evocan tanto silencio como presencia. En contraste con un mundo ruidoso y artificial, imagina espacios poéticos modelados por “barro y silencio”. JP ha colaborado en proyectos de murales urbanos no solo en distintos países de Sudamérica, sino también en España, Francia y Portugal. Su arte se centra en el “retrato humano”, capturando no solo gestos físicos, sino también las dualidades, la fortaleza interior y el simbolismo cultural presentes en la vida cotidiana.
Página web: https://jp.portfoliobox.net/bio
Jessica Rosales G., PhD en Estudios Interculturales (Columbia International University). La investigación de Jessica explora cómo el arte y la hospitalidad—elementos clave de la identidad cultural chilena—configuran la misión evangélica en contextos urbanos. Su trabajo destaca tanto las oportunidades como los desafíos que enfrentan los evangélicos al interactuar con las esferas estética y social. Ha impartido cursos sobre cristianismo, filosofía y cultura. Además, dirige una plataforma virtual dedicada a compartir reflexiones filosóficas cristianas—especialmente en arte, cultura y filosofía—desde una perspectiva neocalvinista con el mundo hispanohablante.
Sitio web: www.neocalvinismo.com
